Neopedantería eufimística

Somos gilipollas. Vivimos en un mundo en el que cuando algo está pasado de moda o no gusta -un objeto, un movimiento artístico o una forma de trabajar, cualquier cosa concreta o abstracta-, lo reinventamos de la forma más estúpida posible: dándole a ese significado un nuevo significante, concretamente el que tiene en otros idiomas. Conceptos nada nuevos son renominados en inglés, u otras lenguas, para que lo parezcan y así, al pronunciarlos, uno se sienta menos cutre y más molón. ¿Te mueres de vergüenza por llevar una camisa en rancio amarillo? No importa, dile a tus amigos que es muy cool ya que es de reluciente color yellow. ¿No resultaría patética una situación como esa? Pues estamos rodeados de esta especie de eufemismo tan petulante como aquellos que se utilizan para aumentar el prestigio de un puesto de trabajo -técnico de limpieza en lugar de barrendero, por ejemplo-. A continuación pongo varios ejemplos de algunos de estos términos que pueden leerse y escucharse en diversos ámbitos:

En el mundo laboral, por ejemplo, la gente tiene miedo de hacerse autónoma, pero no de hacerse freelance porque es mucho más professional. Una vez se hacen freelance, podrán encontrar fácilmente trabajo en su especialidad, sean comunity managers o personal trainers, ya que, piensan ellos, las empresas verán en sus currículos el perfil de workers que buscan. Quienes contratan, sin embargo, se quejan de no encontrar un alto nivel de inglés en los aspirantes al trabajo, pues quieren a gente que sea capaz de hacer bussiness con cualquier persona del planeta. Ese es el problema, el alto nivel para acceder a un trabajo deprime a los aspirantes que no son capaces de conseguir ni un minijob y acaban por contratar a un coache para que le ayude a conseguir sus objetivos.

El arte también evoluciona. Si no se puede seguir adelante con un proyecto, hay que buscar avales y esto se consigue gracias al crowdfunding. Se trata de algo supernuevo, la gente apoya económicamente a un determinado proyecto para que pueda hacerse realidad -ya sea la grabación de un disco, la publicación de un libro en formato físico o el rodaje de una película-. Nada que ver con el viejo mecenazgo, esto mola más porque se hace a través de Internet y se puede dar el coñazo en las social networks para que sepan de la existencia de un artista. Si, en concreto, ese artista es cineasta y logra dirigir un filme gracias al crowdfunding -con su familia y colega por mecenas, para la siguiente venderá su alma al diablo-, podrá unirse al movimiento low-cost, que es una nueva forma de hacer cine, nunca vista antes, consistente en rodar producciones de bajo coste.

Cada uno con sus affaires, pero es que, hasta en momentos inoportunos, aparece este petulante lenguaje. Imagina que durante un paseo en compañía de un amigo, se cruzan unas bellas piernas femeninas ataviadas con unas mallas -si eres mujer o tus preferencias sexuales son otras, imagina la situación como quieras- y, como quien goza con la visión de una pieza artística, intentas disfrutar de la imagen hasta que el necio de tu acompañante dice: “¡Niño, mira que culo le hacen a esa los leggins!” Y no hablo de los putos cupcakes, muffins y demás.

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Acerca de Rubén Íñiguez Pérez

Soy nada y muchas cosas a la vez: coordinador del festival de cine La Mano, colaborador en SpanishFear.com y un imán para los tipos raros. Adicto a vídeos estúpidos de Youtube.
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