Apatrullando la ciudad

Ya he visto Torrente 5. A diferencia de las entregas tercera y cuarta, esta me ha entretenido algo más, aunque por momentos me resultara tediosa. Quizá me parezca simpática al compararla con las entregas antes mencionadas –flojísimas–. Aun sabiendo lo que iba a ver, no he podido evitar hacerlo. ¿Qué le voy a hacer? Adoro la primera entrega –e incluso la segunda, aunque menos–. La culpa la tiene Santiago Segura por crear un engendro que tanto me ha divertido.

Está claro que no es una genialidad del Séptimo Arte, ni mucho menos. Tampoco aporta nada nuevo en su historia, Torrente, el brazo tonto de la ley no hace más que seguir la línea del humor casposo y cañí de filmes como Los bingueros o Makinavaja. Sin embargo, muchas de las que considero como mis películas favoritas, sean clásicos del cine o palomitadas divertidas, no logran lo que sí hace la opera prima de Santiago Segura: obligarme a verla entera si la pillo en la tele, incluso si está más que empezada. Veo una escena y digo “joder, qué bueno es este punto, ¡pero es que el que viene es aún mejor!” Algo bueno tiene que haber, porque esto no me sucede por ejemplo con Novecento o Barry Lyndon, dos películas que considero de mis favoritas. Mala no tiene que ser.

Por eso suelen enfardarme los pobres argumentos de los detractores de Torrente. El más común es de película casposa. Claro que lo es, e intencionadamente. Los personajes no son precisamente ejemplares ni tampoco es que destaquen por su normalidad. Son locos o idiotas, y bastante verosímiles además –aunque tengan rasgos exagerados–, ¿quién no ha conocido a un Rafi o a un Torrente? La ambientación es digna de mención, de hecho, las localizaciones y los decorados ayudan a recrear ese Madrid cutre que sigue igual más de quince años después. El guion es bien sencillo, sin lagunas, que funciona a la perfección gracias a los personajes y los diálogos. ¿Es mala una película por eso? ¿Por pretender un humor casposo e incorrecto? –objetivo que consigue–. Puede no gustar, de hecho, me parece comprensible que no lo haga. A mí no me atraen las comedias románticas –salvo Billy Wilder y alguna que otra excepción– y no por ello digo que sean malas.

No es la primera vez que digo que quizá fuera bueno un curso para aprender a diferenciar entre películas malas, buenas, clásicos u obras maestras. Más que nada para librarnos de tener que leer gilipolleces.

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Acerca de Rubén Íñiguez Pérez

Soy nada y muchas cosas a la vez: coordinador del festival de cine La Mano, colaborador en SpanishFear.com y un imán para los tipos raros. Adicto a vídeos estúpidos de Youtube.
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Una respuesta a Apatrullando la ciudad

  1. lasaga dijo:

    Aún tengo la 5 pendiente de ver pero en todo lo demás muy de acuerdo. El último párrafo es lapidario.

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