To google

Conozco a unas cuantas personas que pasan las horas buscándose en Google. Gente que intenta que las primeras referencias a su nombre sean a su currículum, a su Facebook o a su Linkedin. Esto llega a lo obsesivo si se llaman José García López o María Sánchez Gómez, y no digo si tienen la desgracia, para ellos, de llamarse Gabriel García Márquez o Ana Pastor –salvo Pablo Iglesias, que ha sido capaz de destronar a su homónimo anterior en referencias–. Mejor suerte corren los de nombres y apellidos poco corrientes. Aun así, sean corrientes o extraños, todos caen en cuidar tanto la imagen que descuidan el contenido. Algo casi paradójico, pues una mierda no deja de serlo por mucho que se adorne. Por ejemplo, de esos conocidos, una mayoría es creadora –principalmente cineastas o escritores– que piensa más en los concursos que va a ganar que en la obra con que pretende hacerlo –este será tema de alguna futura entrada, porque tiene miga el asunto–. Un consejo para quienes quieren la pole position en referencias al googlear –menudo palabro– su nombre: es más probable que quienes os busquen sean cotillas que empresas que están deseando poneros un despacho. De verdad, es mejor no aparecer que destacar para mal.

Yo apenas me busco en Google. Soy más cotilla que narcisista. Lo mío es teclear el nombre de los demás en Youtube, en redes sociales o en cualquier lugar de Internet. De hecho, es algo que me divierte. Me hace gracia pasarle a un colega su propio currículum, un vídeo en el que sale o, mejor aún, alguna noticia de un asesino que se llama igual que él. Sí, sé que es un humor muy retrasado, y sí, también sé que hay que aburrirse mucho para estar con esas tontunas a mi edad, casi en la treintena, pero qué le voy a hacer. Si hay quien se ríe con los sketches de los Morancos o con un mongólogo de un videoblogger, ¿por qué no hacerlo al ver el perfil de un gordo raro que se llama igual que uno de mis mejores amigos? El problema es que hay quien me la ha devuelto, en especial un caso.

Hace un tiempo, el cabronazo de Carlos Javier Rodríguez, a quien dediqué una puta mierda de elegía por su muerte, plantó en mi muro de Facebook un vídeo que encontró al buscar mi nombre en Youtube. Era de un noticiario mexicano. En él, entre otros sucesos, se narraba la detención de un tal Rubén Íñiguez Pérez por amenazar a su esposa. Vale, no tiene ninguna gracia el hecho de que sea un maltratador, pero qué risitas las de la gente, dando como locos al “me gusta”, no tanto por cómo se llamaba el tipo sino porque probé de mi propia medicina. Fue un golpe. Pensé en dejar de curiosear nombres ajenos e intentar que las primeras referencias en buscadores fueran a mí y no a mi tocayo mexicano. Pero se me pasó en seguida, es mejor que aparezca ese cabrón a cosas horripilantes que hay por ahí con mi nombre. Además, tarde o temprano, algún Carlos Javier Rodríguez hará el hijoputa y podré entonces vengarme.

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Acerca de Rubén Íñiguez Pérez

Soy nada y muchas cosas a la vez: coordinador del festival de cine La Mano, colaborador en SpanishFear.com y un imán para los tipos raros. Adicto a vídeos estúpidos de Youtube.
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